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  "REDUCTOS DE EXPOLORACIÓN" 2005
   
 
   


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Del 12 de septiembre al 4 de noviembre de 2005.
Ilustre Colegio de Abogados del Señorío de Bizkaia.

 

Sobre Límites versión inglés

Florencio Maíllo dejó hace tiempo de circunscribir su arte al exclusivo delgado hilo argumental de la estética. Sus obras se han convertido en reductos de exploración, en acotaciones de perfiles diversos sobre el amplio mundo. Como si se tratase de un restaurador, Maíllo elabora catas sobre la superficie geográfica. Elimina pátinas, estudia la composición de los materiales, añade, sustrae, juega con los contornos, reinventa los fragmentos, filtra las superficies, las voltea, las clona, las hace suyas. Es su arte un arte minifundista, en el que en cada cuadro nace un tipo diferente de cultivo. Pero su erudición en los contornos, su maestría a la hora de perimetrar el campo de estudio, va más allá de los límites espectrales de los paralelos y meridianos, de las fronteras artificiales de carreteras y autopistas, de los circuitos de las líneas de ferrocarril, o el cubismo de las parcelas de los terratenientes vistas desde un avión. Su bisturí disecciona la orogenia con la precisión de un cirujano pero con la Salamanca, 14 de agosto ingravidez y la elegancia del artista que se divierte con su obra.

 
 

Y dibuja un perfil enigmático, una silueta familiar pero lejana. Como ya nos instruyó George Perec en el mapa vital, cada cuadro de Florencio Maíllo es una ficha del puzzle global. Este cambio de óptica permite que el espectador penetre de lleno en el juego que el artista ha preparado para él. Pues posicionarse frente a un cuadro de Maíllo significa en primera instancia, ser consciente de que el mundo se fragmenta en piezas, y de que éstas se pueden deslocalizar, perder, alterar, teñir, disfrazar; de que en algún punto del planeta el mundo ha quedado interrumpido, y que la continuidad en nuestro rectilíneo imaginario ha quedado alterada por un socavón en el terreno, por un hueco, por un píxel huérfano, por un vacío que, rápidamente y con el alborozo de un niño de tres a seis años, nos prestamos a rellenar con la pieza que tenemos delante. La bella imagen vuelve a componerse, vuelve a estar totalmente definida, pero el residuo de la experiencia nos deja un temor, una interrogante cuya respuesta nos alarma. Ahora somos conscientes de la brecha, de la negrura más allá del límite, de cómo se rompe el mundo y nuestro propio cuerpo. Pero los conceptos no se manejan en un campo metafísico, sino más bien experimental, científico, eminentemente visual, pues a esa imago mundi desplegada ante nuestros ojos, a ese mapa a tamaño real del que nos habla Borges en su Hacedor, le faltaban las suturas, los nexos de comprensión. El cisma pone en evidencia la fragilidad de la materia, lo discontinuo de la continuidad.

En un segundo momento, percibimos que el juego está entero delante de nosotros. Como en un trayecto fractal, la misma pieza se haya compuesta de otras miles de piezas más. Es un puzzle completo, un cuadro hecho de miles de cuadros. Su superficie es irregular, asimétrica, y si antes elucubrábamos con la posibilidad de que fuese un pedazo de corteza terrestre, ahora parece reproducir todo un continente. La estructura del lienzo soporta un micromundo. La materia, de repente, se compacta, se blinda, desaparece todo espacio deshabitado, cualquier resquicio de vacío. Florencio Maíllo ha llenado su cuadro de esencias puras. Ha ido experimentando con toda clase de recipientes y contenedores hasta decantar las ideas y las formas, hasta destilar en plúmbeas gotas las propiedades de todo lo que vemos Ha generado el cuadro, lo ha reproducido en miniatura y esto ha servido de brochazo en un lienzo ulterior. La superficie queda literalmente cuajada de imágenes, de objetos, de contextos, de discursos. Parece como si quisiera salvarlo del diluvio universal. Es un retrato del mundo entero a tamaño doméstico. Y todo pasa a estar dentro de ese marco rectilíneo y geométrico que segmenta la pared con cuatro firmes líneas, precisas y puntuales, generando los límites como sólo lo saben hacer los verdaderos maestros.

Fabio Rodríguez de la Flor