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Y dibuja un perfil enigmático, una silueta familiar
pero lejana. Como ya nos instruyó George Perec en el
mapa vital, cada cuadro de Florencio Maíllo es una
ficha del puzzle global. Este cambio de óptica permite
que el espectador penetre de lleno en el juego que el artista
ha preparado para él. Pues posicionarse frente a un
cuadro de Maíllo significa en primera instancia, ser
consciente de que el mundo se fragmenta en piezas, y de que
éstas se pueden deslocalizar, perder, alterar, teñir,
disfrazar; de que en algún punto del planeta el mundo
ha quedado interrumpido, y que la continuidad en nuestro rectilíneo
imaginario ha quedado alterada por un socavón en el
terreno, por un hueco, por un píxel huérfano,
por un vacío que, rápidamente y con el alborozo
de un niño de tres a seis años, nos prestamos
a rellenar con la pieza que tenemos delante. La bella imagen
vuelve a componerse, vuelve a estar totalmente definida, pero
el residuo de la experiencia nos deja un temor, una interrogante
cuya respuesta nos alarma. Ahora somos conscientes de la brecha,
de la negrura más allá del límite, de
cómo se rompe el mundo y nuestro propio cuerpo. Pero
los conceptos no se manejan en un campo metafísico,
sino más bien experimental, científico, eminentemente
visual, pues a esa imago mundi desplegada ante nuestros ojos,
a ese mapa a tamaño real del que nos habla Borges en
su Hacedor, le faltaban las suturas, los nexos de comprensión.
El cisma pone en evidencia la fragilidad de la materia, lo
discontinuo de la continuidad.
En un segundo momento, percibimos que el juego está
entero delante de nosotros. Como en un trayecto fractal, la
misma pieza se haya compuesta de otras miles de piezas más.
Es un puzzle completo, un cuadro hecho de miles de cuadros.
Su superficie es irregular, asimétrica, y si antes
elucubrábamos con la posibilidad de que fuese un pedazo
de corteza terrestre, ahora parece reproducir todo un continente.
La estructura del lienzo soporta un micromundo. La materia,
de repente, se compacta, se blinda, desaparece todo espacio
deshabitado, cualquier resquicio de vacío. Florencio
Maíllo ha llenado su cuadro de esencias puras. Ha ido
experimentando con toda clase de recipientes y contenedores
hasta decantar las ideas y las formas, hasta destilar en plúmbeas
gotas las propiedades de todo lo que vemos Ha generado el
cuadro, lo ha reproducido en miniatura y esto ha servido de
brochazo en un lienzo ulterior. La superficie queda literalmente
cuajada de imágenes, de objetos, de contextos, de discursos.
Parece como si quisiera salvarlo del diluvio universal. Es
un retrato del mundo entero a tamaño doméstico.
Y todo pasa a estar dentro de ese marco rectilíneo
y geométrico que segmenta la pared con cuatro firmes
líneas, precisas y puntuales, generando los límites
como sólo lo saben hacer los verdaderos maestros.
Fabio Rodríguez de la Flor
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