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  IN-MEMORIAL
   
 
   


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Una escultura de Florencio Maíllo en la Sierra de Francia

“Arduos filos verticales” Gerardo Diego

¿Qué es, en su línea más general, lo inmemorial, podríamos preguntarnos, y contestar enseguida que es el signo y el monumento bajo lo que se presenta, tomando forma, “aquello que no puede (ni aun debe) olvidarse”. Es lo que retorna y recae del ayer sobre nuestro tiempo. Pues aquello que no debe olvidarse es, siempre, el origen y la matriz de lo que ahora es y existe.
Lo inmemorial es de este modo una representación; la señal –materializada; expresivamente física– de una reviviscencia, de un mundo afectivo que se presenta súbita e intempestivamente hasta el presente –un ahora amplificado–, configurando en él una memoria de la actualidad, la cual deja en el relieve de su trazo fuerte la constancia de que las cosas han sido lo que han sido, y puesto que, en efecto, han tenido cumplimiento y existencia, de algún modo no pueden (y no deben) dejar de tenerla: están activas y presentes en el hoy de su evocación.


 
 

Una nota debe destacarse en este IN-MEMORIAL del que pronto hablaremos, y cuyo concepto situamos aquí como la obertura que debe dar paso discursivo y hasta teórico a lo que es un singular hecho artístico, y que es el que de verdad configura el horizonte final al que estas páginas tienden (fingiendo para ello la pretensión de que ellas mismas no fueran sino una écfrasis; vale decir: un intento de descripción en la materia verbal de la obra plástica).

La persistencia en la memoria, el recuerdo objetualizado y cosificado que se encierra como en un cofre en la estructura misma de un memorial erigido es con mucho más potente y de más fecunda y pertinaz significación, cuanto más vasta y más extensa en todos los sentidos alcance a ser su evocación en masa a la reminiscencia. Lo que equivale a decir: cuánto más mundo mueva, y cuanto más firmemente (y para más observadores) instale y erija en el presente la latencia de un pasado, que así se resiste al generalizado mandato de olvido, que sabemos hoy pesa sobre el mundo y sobre las cosas del mundo en la era del capitalismo avanzado.

Voluntad de recordar el deber de no olvidar. He aquí la primera cifra para abrir la “caja fuerte” de este objeto que todavía no hemos alcanzado a describir, y cuya enigmática naturaleza demanda de nosotros una palabra que dé alguna cuenta de la razón de su existencia.

No se trata pues, en modo alguno, en este caso al que nos acercamos, de un avatar más de sólo la memoria personal embarcada en la empresa de un capriccio particular, lo cual produciría, al cabo, un gesto finalmente débil. Al contrario, lo inmemorial es, por definición, lo colectivo, contiene una referencia arcaísta que remonta las genealogías, y de todas formas se presenta también como hecho telúrico hondamente enraizado en los estratos últimos del territorio y de las vivencias que organizan el légamo de fondo donde se asientan las colectividades (cualesquiera que éstas sean).

Y todo eso antes de llegado el momento en que aquellos mundos de los que lo inmemorial habla se deshagan y dispersen en la moderna diáspora de lo global. Pues es el pasado el que hoy nos parece lo más amenazado de todo cuanto existe, y es inevitable su desaparición y olvido en la medida misma en que el presente no sepa reconocerlo, y más que ello, evocarlo, haciéndolo significar en este su momento, el tiempo para el cual, y acaso sin saberlo, aquello que fue, trabajaba. De ahí la necesidad misma de desarrollos del imaginario y de vastos procesos y de operaciones simbólicas, que ofrecen el soporte de una memoria colectiva, que se aferrará a ellos ciertamente como el lugar exclusivo de su futura salvación en la escena evanescente del recuerdo compartido y común.

El IN-MEMORIAL, como puede verse, comienza entonces a configurarse como lo que en realidad es: un efecto de detención; lugar donde opera una dinámica de parálisis, tomando cuerpo en un objeto que busca congelar en el espacio real la más que fatal aceleración del tiempo y el discurrir alocado y precipitante de la historia, y él mismo se presenta como un in-móvil, como un fluido que de repente hubiera quedado galvanizado, súbitamente petrificado.

Y, acaso, ello también podríamos llegar a entenderlo como la cosificación de un impulso de vida que llega así a su momento de cese y cuya última y potente pulsación da paradójico testimonio de su existencia, si bien anulada (nihilificada por la muerte o desaparición), en todo caso, transcurrida; al cabo, y por ello mismo, presente en el poderoso campo de lo simbólico, del recuerdo y de la memoria que se dan como destino la inextinción.

De ahí, en cierto modo, le ha de venir al memorial su carácter siempre explícitamente constructivo, su voluntad de inercia y de estática; y, en suma, lo que despliega y supone de energía de instalación, afianzamiento y presencia para todo lo que, sino alcanza justo hoy, en el umbral y momento decisivo del ahora, su representación directa y poderosa, habrá entonces de dejarse fluir y, finalmente, autocondenarse a deshacerse y desaparecer. Cápsula entonces de un tiempo in–mortalizado, alrededor del cual todo lo demás se ha hundido. Y hay aquí, también, condensado y latente, un sentimiento protectivo, ancilar. La columna supone entonces la efectuación de un gesto de resonancia arcaica y tribal; acción de la denominadas “apotropaicas”, o que condensan en torno a sí fluidos de amparo, energías votivas, que de este modo se alzan de la tierra al cielo, para establecer pactos o alianzas no expresas, o para detener incluso males e implorar al destino para la salvaguarda y el resguardo de todo aquello sobre lo que ejerce su dominio visual. Como lo narrativiza el poeta Rafael Pérez Estrada en un bello fragmento:

Durante los treinta años de su tiranía, el déspota impone a sus súbditos una extraña obligación: alzar columnas. De este modo, con premios y castigos, montes y valles quedan sembrados de ejes marmóreos, cuya única misión es protegernos de la cólera de los dioses. Los dioses son mis aliados –proclama el gobernante un amanecer– y bastará destruir estas columnas para que su ira caiga sobre vosotros. (Los oficios del Sueño)