Una
nota debe destacarse en este IN-MEMORIAL del que pronto
hablaremos, y cuyo concepto situamos aquí como
la obertura que debe dar paso discursivo y hasta teórico
a lo que es un singular hecho artístico, y que
es el que de verdad configura el horizonte final al
que estas páginas tienden (fingiendo para ello
la pretensión de que ellas mismas no fueran sino
una écfrasis; vale decir: un intento de descripción
en la materia verbal de la obra plástica).
La persistencia en la memoria,
el recuerdo objetualizado y cosificado que se encierra
como en un cofre en la estructura misma de un memorial
erigido es con mucho más potente y de más
fecunda y pertinaz significación, cuanto más
vasta y más extensa en todos los sentidos alcance
a ser su evocación en masa a la reminiscencia.
Lo que equivale a decir: cuánto más mundo
mueva, y cuanto más firmemente (y para más
observadores) instale y erija en el presente la latencia
de un pasado, que así se resiste al generalizado
mandato de olvido, que sabemos hoy pesa sobre el mundo
y sobre las cosas del mundo en la era del capitalismo
avanzado.
Voluntad de recordar el deber
de no olvidar. He aquí la primera cifra para
abrir la “caja fuerte” de este objeto que
todavía no hemos alcanzado a describir, y cuya
enigmática naturaleza demanda de nosotros una
palabra que dé alguna cuenta de la razón
de su existencia.
No se trata pues, en modo alguno,
en este caso al que nos acercamos, de un avatar más
de sólo la memoria personal embarcada en la empresa
de un capriccio particular, lo cual produciría,
al cabo, un gesto finalmente débil. Al contrario,
lo inmemorial es, por definición, lo colectivo,
contiene una referencia arcaísta que remonta
las genealogías, y de todas formas se presenta
también como hecho telúrico hondamente
enraizado en los estratos últimos del territorio
y de las vivencias que organizan el légamo de
fondo donde se asientan las colectividades (cualesquiera
que éstas sean).
Y todo eso antes de llegado el
momento en que aquellos mundos de los que lo inmemorial
habla se deshagan y dispersen en la moderna diáspora
de lo global. Pues es el pasado el que hoy nos parece
lo más amenazado de todo cuanto existe, y es
inevitable su desaparición y olvido en la medida
misma en que el presente no sepa reconocerlo, y más
que ello, evocarlo, haciéndolo significar en
este su momento, el tiempo para el cual, y acaso sin
saberlo, aquello que fue, trabajaba. De ahí la
necesidad misma de desarrollos del imaginario y de vastos
procesos y de operaciones simbólicas, que ofrecen
el soporte de una memoria colectiva, que se aferrará
a ellos ciertamente como el lugar exclusivo de su futura
salvación en la escena evanescente del recuerdo
compartido y común.
El IN-MEMORIAL, como puede verse,
comienza entonces a configurarse como lo que en realidad
es: un efecto de detención; lugar donde opera
una dinámica de parálisis, tomando cuerpo
en un objeto que busca congelar en el espacio real la
más que fatal aceleración del tiempo y
el discurrir alocado y precipitante de la historia,
y él mismo se presenta como un in-móvil,
como un fluido que de repente hubiera quedado galvanizado,
súbitamente petrificado.
Y, acaso, ello también
podríamos llegar a entenderlo como la cosificación
de un impulso de vida que llega así a su momento
de cese y cuya última y potente pulsación
da paradójico testimonio de su existencia, si
bien anulada (nihilificada por la muerte o desaparición),
en todo caso, transcurrida; al cabo, y por ello mismo,
presente en el poderoso campo de lo simbólico,
del recuerdo y de la memoria que se dan como destino
la inextinción.
De ahí, en cierto modo,
le ha de venir al memorial su carácter siempre
explícitamente constructivo, su voluntad de inercia
y de estática; y, en suma, lo que despliega y
supone de energía de instalación, afianzamiento
y presencia para todo lo que, sino alcanza justo hoy,
en el umbral y momento decisivo del ahora, su representación
directa y poderosa, habrá entonces de dejarse
fluir y, finalmente, autocondenarse a deshacerse y desaparecer.
Cápsula entonces de un tiempo in–mortalizado,
alrededor del cual todo lo demás se ha hundido.
Y hay aquí, también, condensado y latente,
un sentimiento protectivo, ancilar. La columna supone
entonces la efectuación de un gesto de resonancia
arcaica y tribal; acción de la denominadas “apotropaicas”,
o que condensan en torno a sí fluidos de amparo,
energías votivas, que de este modo se alzan de
la tierra al cielo, para establecer pactos o alianzas
no expresas, o para detener incluso males e implorar
al destino para la salvaguarda y el resguardo de todo
aquello sobre lo que ejerce su dominio visual. Como
lo narrativiza el poeta Rafael Pérez Estrada
en un bello fragmento:
Durante los treinta años de su tiranía,
el déspota impone a sus súbditos una extraña
obligación: alzar columnas. De este modo, con
premios y castigos, montes y valles quedan sembrados
de ejes marmóreos, cuya única misión
es protegernos de la cólera de los dioses. Los
dioses son mis aliados –proclama el gobernante
un amanecer– y bastará destruir estas columnas
para que su ira caiga sobre vosotros. (Los oficios del
Sueño)
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